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Cuando comer bien se convierte en un lujo



(Fuente: Theclinic.cl)

Alimentarse con productos de calidad y en forma balanceada. Eso es comer bien, algo muy simple pero que millones de chilenos hoy no pueden hacer a cabalidad.

Según cifras del INE, el 2020 se cerró con un alza en el IPC de diciembre del 0,3%, cuando lo que se esperaba era un 0,2%. Aún así, la inflación acumulada para el año que acaba de terminar alcanzó un 3%, lo que estaba dentro de las estimaciones del Banco Central.

Sin embargo, llamó la atención que en 2020 los alimentos incrementaron su valor en un 8,1%, un alza que no se veía desde hace justo una década. En palabras sencillas, los productos alimenticios son en gran medida responsables del 3% de inflación al que llegamos.

Ahora bien, el sentido común o nuestra propia experiencia como consumidores nos podría hacer pensar que esta alza de precios en los alimentos fue una cosa del invierno -que sumado a que estaba medio Chile confinado en esos meses- la que dejó los índices altos.

No obstante, basta darse una vuelta por ferias y supermercados para constatar que en pleno mes de enero -cuando nuestras frutas y verduras viven su mejor momento en calidad y cantidad- los precios siguen por las nubes. El kilo de tomates es prácticamente imposible encontrarlo por menos de $1.300, las lechugas bordean los $1.000 y un mísero pepino para ensalada puede llegar a costar fácilmente quinientos pesos. Ni hablar de la palta, el producto símbolo de los precios altos, que parte más o menos en los $4.500 por kilo, pero que puede llegar a costar incluso mucho más de $5.000. Todo esto, en pleno verano.

A tanto ha llegado esto de la palta y su alto valor, que actualmente hay restaurantes en Santiago que están usando palta guatemalteca -sí, leyeron bien- porque tiene mejor precio que la chilena.

Por otro lado está la carne de vacuno, que lleva al menos un lustro manteniéndose con altos precios, lo que ha llevado a la población a volcarse a otros productos como el pollo y el chancho; además de empujar la llegada de carnes importadas como la colombiana, que apunta justamente a ofrecer carnes rojas a precios más bien moderados.

Ahora bien, entre los analistas económicos hay cierto consenso en que la pandemia ha encarecido la producción, transporte y comercialización de los diferentes productos alimenticios; lo cual explicaría el actual escenario. Pero si lo pensamos bien, ¿los alimentos están caros ahora o hace rato que vienen por la misma senda?

Pensemos un momento en la palta: ¿hace cuántos años todo el mundo reclama por lo caras que están? Al final, lo que pasó durante 2020 es que se puso de manifiesto una realidad que ya estaba clara y que tiene que ver con que comer bien en Chile, es decir con productos de buena calidad y de manera balanceada, se ha tornado tremendamente caro.

El que los productos alimenticios tengan un alto valor en Chile no significa que la gente no se alimente. Claro, es imposible, ya que ésta es una necesidad básica del ser humano. Así las cosas, la mayoría de los chilenos come al menos un par de veces por día y compra productos para poder ejecutar esta acción. Ahora bien, no todos compran lo mismo.

Las clases más acomodadas o incluso las clases medias con capacidad de endeudamiento pueden seguir comprando variedad de productos a pesar del sostenido alza de precios. Probablemente bajará la frecuencia de compra de los artículos que estén más caros. Por ejemplo, las tostadas con palta al desayuno pueden reservarse ahora sólo para el fin de semana. O en otros casos se buscarán alternativas similares -tal vez de un poco menor calidad- pero más baratas, como comprar quesos nacionales en vez de importados o preferir vinos varietales por sobre los reserva.

Sin embargo, un buen número de chilenos seguirá comprando alimentos, de eso no hay duda, pero de menor precio y -sobre todo- calidad. Así las cosas, le dirá adiós (o ya lo hizo hace rato) a productos frescos como carnes, pescados, frutas y verduras para dar paso a artículos más baratos pero rendidores como fideos, arroz o fiambres.

Es que un carro de supermercado lleno de productos frescos puede valer varias veces más que uno que sólo tenga pastas, arroz, pan, hamburguesas congeladas, salchichas y confites varios. Obviamente, todos estos cambios y diferencias en la alimentación de la gente se dan de manera paulatina, pero sostenida a lo largo de los años. Y justamente con el paso del tiempo es que se da una consecuencia directa en todo esto: los grupos de población menos acomodados son los que peor se vienen alimentando y -a la larga- los que más caerán en enfermedades como diabetes, hipertensión, fallas cardíacas y cáncer. Y esto no termina aquí, porque esa gente que se enferma suele atenderse en el sistema público de salud, lo que termina costándole millones -de dólares- al Estado chileno.

Entonces, considerando la gente que se está enfermando más la plata que esto le cuesta al Estado (lo único que a muchos le interesa, la plata), ¿no vendría siendo hora que como país se hiciera algo para garantizar el buen comer de la población?

“Es incomprensible el nivel de precio al que han llegado los alimentos en general en el país y sobre todo las frutas y verduras, considerando que somos un país productor”, se lamenta el médico Fernando Vio, ex director y actual profesor del Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos (INTA) de la Universidad de Chile.

Vio además hace ver la paradoja de que la FAO ha declarado al 2021 como el Año Internacional de las Frutas y Verduras, con el propósito de promover el consumo de estos alimentos y así fomentar estilos de vida más saludables. “Todo esto, con un gran empuje de Chile como país ante la FAO para lograrlo”.

Según este médico experto en políticas públicas relacionadas con la alimentación, “están comprobados los beneficios del consumo de frutas y verduras en el organismo humano, por lo tanto estos productos deberían considerarse como un bien público y el Estado tener la obligación de garantizar el acceso a éstos a los sectores más vulnerables de la población”.

¿Cómo se hace esto en un país donde al hablar de regulación de precios los empresarios saltan como si hubiesen visto al diablo en persona? “No hay que hablar de control de precios, pero sí de subsidios para los más pobres, eso es algo aceptado hasta en los sistemas más neoliberales”, asegura Vio y recuerda que hace algunos años surgió la idea de una tarjeta verde para familias vulnerables para que así aseguraran, mes a mes, su stock de frutas y verduras, pero que al final esta iniciativa “no se concretó”.

Al final lo del alto precio de los alimentos, sobre todo los más saludables, es solo una arista más en el tema de fondo que es la salud de los chilenos o el verdadero desafío que tiene la salud pública de aquí en más si seguimos alimentándonos y enfermándonos como lo estamos haciendo.

Es cierto que hay múltiples campañas e iniciativas -públicas, privadas y mixtas- que están tratando de meterse en este problema. Pienso en la política de los sellos, que incluso ha sido emulada en otros países. O también en que la tarjeta JUNAEB sirva ahora para comprar alimentos saludables en algunos comercios y no sólo comida chatarra.

Sin embargo, con los precios que se ven en la comida hoy, a ratos parece una burla escuchar eso del “Elige Vivir Sano”. Porque seamos claros, en la vida para tener la libertad de elegir hay que tener recursos y el plano alimenticio no es la excepción.

En Chile hace rato que hay mucha gente que no elige lo que compra para comer, sino que simplemente adquiere lo que está a su alcance. Si queremos que este panorama cambie, no hay que hacer más invitaciones a “elegir vivir sano”, si no que dar acceso a una alimentación sana. ¿Cómo? Seguramente hay varias posibilidades para hacerlo, pero lo que más se necesita es la voluntad política de querer cambiar las cosas de una buena vez, porque el diagnóstico está más que claro.

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